¡Compañeros, compañeras!
Estamos nuevamente aquí, para conmemorar hoy la memoria de todos quienes fueron vilmente encarcelados, torturados y muertos a manos del franquismo, y por extensión, de cualquier régimen autoritario que tema, reprima y niegue el principal derecho del ser humano y su cualidad más definitoria e importante: ¡la libertad!
¿Qué seríamos sin libertad? Sin libertad, es decir, sin la capacidad de actuar autónomamente frente a nuestras propias pulsiones y condicionamientos internos, y sin la capacidad para resolver individual y colectivamente las necesidades que nos impone el mero hecho de vivir, la vida del ser humano sería poco menos que la de una máquina biológica; una máquina condenada a repetir hasta la infinitud las conductas para las que ha sido adiestrada y a enajenar su voluntad, antes o después, al puro instinto de supervivencia.
Bien nos gustaría impregnar el trozo de tierra en el que yacéis con la noticia de que ¡por fin! hemos roto nuestras cadenas. Porque nunca las admitimos como “nuestras” ni para nosotros ni para el conjunto de la sociedad. Ojalá pudiéramos deciros que por fin estamos organizados en comunas libremente federadas y que en ellas producimos justo lo necesario para existir conforme a los ritmos naturales del ecosistema planeta Tierra. Ojalá pudiéramos deciros que hemos suprimido las desigualdades de edad, género, etnia y especie, que hemos suprimido la avaricia y el afán de lucro, que ya no quedan poseedores ni desposeídos, y que confiamos en el prójimo tanto como confiamos en el futuro. Ojalá pudiéramos decíroslo. Ojalá imperara entre nosotros y nosotras la más pacífica de las convivencias y que ésta solo se viera interrumpida por el hecho ineluctable de la muerte…
Pero por desgracia… ¡no es así! El Capitalismo, en estas últimas fases de su desarrollo, abarca el mundo entero y extiende sobre todo él, nada más que muerte, destrucción. A través de la más extrema de las violencias -incontables guerras y conflictos armados- y también indirectamente, imponiéndonos más y más precariedad material, peores condiciones de vida, peor alimentación, mayor polución en todo medio ambiente (tierra, agua, aire), y en consecuencia propalando indiscriminadamente la enfermedad y sometiendo a todos los seres sensibles a sufrimiento y paulatina consunción.
Y eso no es todo. El Estado, el brazo armado del Capitalismo, se hace cada vez más y más omnipresente y poderoso. Cuanto más golpea ese brazo, más músculo desarrolla, y cuanto más músculo desarrolla, más fuerte nos golpea…
Y aun así, compañeros y compañeras, sabed que hoy, mucho más que en vuestra época, el uso de la fuerza por parte del Estado no es nada comparado con el atroz condicionamiento psicológico y emocional al que éste nos somete. Los medios de comunicación “tradicionales” (prensa, radio y televisión) complementan su capacidad de conformar la opinión pública con redes que funcionan incansablemente a través de telefonía y ordenadores. Millones de terabytes de información que en realidad, más que nada, son publicidad pagada por el Sistema. Miríadas de anuncios entreveradas de algoritmos que permiten deducir las preferencias del/a usuario/a y así exponerle/a a un mayor bombardeo de imágenes y fraseología destinados a excitar sus deseos y el incontrolable impulso de satisfacerlos.
En suma: a la mierdización de todo lo que el Capìtalismo nos proporciona, se suma la idiotización que el Estado pretende de nuestra sensibilidad, racionalidad y libre albedrío. Según la lógica del capital todo puede (y debe) monetarizarse. Así se comprende que haya legiones de adolescentes dispuestos a ganar un puñado de euros por el simple procedimiento de exhibirse, es decir, de mostrar al mundo sin pizca de vergüenza las más grotescas de sus peculiaridades o rarezas.
¿Qué podemos esperar? ¡Si hasta cierto sindicato ha convertido sus siglas en una marca comercial!
Y desde luego, con la que se avecina, ¡vamos a necesitar sindicatos! Sobre todo y preferentemente anarcosindicatos. Fuertes y bien organizados.
Las reformas laborales de MIlei en Argentina, anticipan lo que bien puede acabar llegando a España cuando el PP-Vox se alce con el poder: libre despido, marginación de los convenios colectivos en pro de la negociación individual con la empresa, supresión fáctica del derecho a huelga, etc. etc. El mundo del trabajo convertido en un ring donde todos pelean contra todos…
Ahora bien… ¿qué sucede cuando un brazo golpea demasiado fuerte? Pues sucede que puede, quizás, dislocarse.
Quizás vivamos el preludio del fin de la civilización tal y como la conocemos. Ya veremos. Quizás el cambio climático y las migraciones masivas que éste provocará (por citar solo un par de los motivos que pueden provocar una crisis planetaria), contribuirán a la quiebra y desaparición de muchos Estados. Entonces el uso de la fuerza, en muchos lugares, pasará a bandas armadas dispersas aquí y allá. Y como ya ha sucedido muchas veces en la historia, a la gente (a la gente común y corriente) no le quedará más remedio que organizarse para defenderse de los abusos y arbitrariedades que tales bandas sin duda cometerán. El Capitalismo a su vez, sin su brazo ejecutor, quedara expuesto y claramente en entredicho. Y no solo como sistema económico y productivo. Quizá mucha gente se desengañará de él como una ideología que, sin contar con grandes presupuestos teóricos, ha sido capaz de conducir al ser humano, y al planeta, al límite mismo de su autodestrucción.
Quizás entonces, si algunos o algunas anarquistas sobreviven, puedan explicar el origen del caos reinante y la manera de evitar que se reproduzca: alumbrar una sociedad nueva en la que el espíritu de un ser humano también nuevo pueda germinar.
Conque, a fin de cuentas, compañeros y compañeras, quizás las nuevas no sean malas del todo. Quizás estemos, simplemente, en proceso. Y como siempre en el tajo. Dispuestos y dispuestas, como siempre, y pese a quien pese, a no cejar en la lucha.
¡Viva la CNT-AIT!
¡Viva el 1º de Mayo!
¡Viva la libertad y todos cuantos murieron por ella!
CNT-AIT de Gijón
